15 October, 2007

Policiales (escrito en Rosario, Argentina, en 2004)


Guardo Policiales –así es como los periódicos de aquí llaman a las crónicas de sucesos- desde el día en que llegué, intento de alguna manera alcanzar una visión general de la situación en lo que a seguridad ciudadana se refiere. Es apabullante la cantidad de sucesos que se encuentran entre mis amontonados recortes de papel. Complicado se me hace procesar tanta información. Me sorprendo cada mañana con nuevas historias que hacen conmover mi conciencia. Las más variopintas maneras de asaltar la paz resaltan en los titulares de esta sección. “Peor es una guerra”, pienso. ¿Pero cual es la diferencia? ¿Acaso que aquí los agredidos, heridos y muertos lo hacen de forma más esparcida en el tiempo? Y por encima ojeo los recortes, y sumo más de veinte muertos en las letras negras de los titulares, tan sólo en un mes de prensa. Y entonces supongo que los de aquí ya se han acostumbrado a vivir con ello; el ser humano tiene capacidad para adaptarse a convivir con las atrocidades más feroces, ya se sabe. “Quizá no sea tanto”, pienso, “quizá lo que ocurre es que uno viene de otro país, o quizá, lamentablemente, yo también me estoy haciendo impermeable y lo soporto y ahuyento con el estoicismo y resignación que este pueblo tiene”. Porque inevitablemente el paso de la vida tiene que seguir tras calles, bulevares y plazas, aunque la inseguridad se respire y contamine el ambiente.
En Buenos Aires la tensión casi se puede palpar por su espesor en el aire que flota, pero la rutina del vivir y el pan nuestro de cada día necesita anular el temor de su gente, se acota la idea de que mañana te pueda tocar a ti, supongo que de otra manera muchos cerrarían los negocios –como aquí llaman a comercios y tiendas-, y el resto se quedaría encerrado en casa, apagaría la luz y echaría a dormir con la pena estrujándoles el alma. Caminas y observas tipos apoyados en un árbol o en la pared junto a los negocios para los que trabajan; son vigilantes de seguridad. La policía también se deja ver en alguna que otra esquina.
Policiales con media luna y café para desayunar cada mañana, después hablar del partido de Boca, River, Talleres, Central, Newells,… fútbol para ahuyentar el mal. Robos, atracos a mano armada, secuestros, asesinatos, violaciones… Y todo ello salpicado con corrupción policial. Un escritor de novelas policiales no tendría ningún problema en superar una crisis de bloqueo mental viviendo por estos pagos, incluso entraría en ataque de estrés por un deseo desesperado de controlar tantas ideas.
“Uno se caga laburando para que llegue un negro y en un segundo chau”, me dicen. Los “negros” son inmigrantes del resto del país que se asientan en el extrarradio de la ciudad –las aquí llamadas villas-, generalmente junto a las vías del tren. “Agarraban el tren, se tiraban ahí y montaban el rancho.” “Hace treinta años no pasaba esto… Perón los trajo con su política asistencialista y ahora ahí los tenés.” Pero yo soy un ignorante que no puede sino escuchar lo que el pueblo dice, sin tener para ofrecer una respuesta con fundamento. Ver, oír y callar, mi madre me decía. Pero, ¡qué difícil esto!, y mucho más para un escritor.
Los padres de familia se agarran a los ciento cincuenta pesos de jefes y jefas de hogar que el gobierno les da, mientras hacen cualquier otro laburito. Los jóvenes “villeros” difícilmente escapan de la delincuencia y quedan atrapados en su estrato social, analfabetismo, pérdida de objetivos y moral, y rodeados de la burbuja de inconsciencia que la droga proporciona. “…generalmente son de origen indígena. Vienen del norte, del Chaco, de todas partes, algunos son de aquí.” La ciudad les da más oportunidades para escapar del hambre.
Las villas son territorios sin ley. He escuchado muchas historias de “negros”. Asaltos a mano armada en negocios, tiroteos a lo Far West entre atracadores y atracados en el momento en que se disponían a robar una vivienda, alguien que vuelve descalzo a casa porque no tiene un peso con qué satisfacer a sus asaltantes y en su defecto le roban las zapatillas, un pibe que para ir a su trabajo en una panificadora tiene que pasar todos los días cerca de la villa y anda yendo al psicólogo y tomando tranquilizantes porque es asaltado y robado violentamente la mayoría de las veces, pero el trabajo en este país es un artículo más que de lujo y el pibe en cuestión necesita el laburo.
Y miro por encima entre mis recortes de policiales apilados junto al ordenador: “Balea a una mujer al intentar robarle la cartera” “A los tiros en una villa de la zona norte: dos baleados” “Roban un camión y en alocado escape aplastan un auto y matan al conductor” “Violaron a una docente en un terreno baldío” “Presos por robar y atemorizar en un cumpleaños”,”Balean a un taxista que quiso evitar ser asaltado”…
¿Y la policía dónde está? “Detienen a un comisario que fue a robar a punta de pistola”, “Investigan lazos de narcos y comisarios”, “Un barrio paga un plus a la policía para que le garantice la seguridad”…
¿Quién es el culpable? ¿Dónde están las causas?
“…lo de la inseguridad es culpa de la misma policía”, me dicen. Y un extranjero como yo no da crédito. Pero la historia se repite una y otra vez tras los titulares, y tengo que creerlo. En efecto, me quiero convencer, son numerosos los casos en los que la policía está agazapada tras los delitos, recibiendo coimas por los propios delincuentes y narcotraficantes. En otros la cosa no queda oculta y es más directa la relación entre delito y delincuente-policía. Las fuerzas de seguridad utilizan su posición para obtener ventajas económicas en un país donde la corrupción aparece como un círculo vicioso que se extiende como mal endémico y que afecta a todos.
“…Y si los políticos chorean, nosotros tenemos que choreá… Y si la guita no alcanza… de alguna forma te la tenés que rebuscá”

Y algo me quiere decir que no todos los “negros” son maleantes. Que no toda la policía es corrupta. Y que no todos los políticos ni ciudadanos chorean. Pero aquel tango ya lo cantó, y de nuevo suena en mi memoria: “…vivimos revolcaos en un merengue y en el mismo lodo todos manosean”

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